viernes, 11 de septiembre de 2009

El cisne y el fantasma (apunte breve)


Se miraron fijamente, de una mesa a la otra, era una celebración especial y ambos eran protagonistas (entre muchos otros) de esa luminosa noche. Habían pasado más de dos décadas desde que la vio por última vez. Había llegado la hora de lavar las heridas.
El recordó la tarde en que sintió que su corazón era preparado para convertirse en decenas de palitos de jugoso anticucho, eran demasiados pedazos para contarlos y menos para creer que algún día los podría juntar y volver a ver a otra mujer con la tierna alegría con que lo hacía con ella.
Como todo irresponsable que juraba que sus poemas eran suficiente para hacerla feliz, no calculó que - como muchas mujeres - sus ilusiones estaban puestas en el matrimonio, la familia y en su éxito profesional. Los poemas son lindos… pero...
Todo es mi culpa le dijo, mientras le suplicaba que no lo dejase, pero la decisión estaba tomada, la única salida que le quedaba era aprender ese nuevo mundo de soledad al que era arrojado y explorarlo como un ciego, reinventar la forma de las cosas y tratar de no convertirse en un fantasma. Dio gracias de no haber sido argentino, porque de haberlo sido, todos los tangos hubieran cobrado un sentido fatal. Se puso a buscar refugios, tuvo miedo, los boleros hicieron el resto.
Poco a poco recordó los días y años posteriores, se volvió duro, dejó atrás la ternura, enterró el poemario que había prometido publicar algún día, se juntó con otros de su especie (suicidas inmortales diría Jorge Millones), y acompañaron sus soledades en cantinas de mala muerte, aunque a veces en elegantes lugares, de los cuales eran echados con relativa rapidez.
Nunca se casó, nadie quería casarse con un fantasma y además ex – poeta, con eventuales y esporádicas ocupaciones que a veces le proveían de algún dinero que era rápidamente malgastado en continuar el viejo ritual de la tortura. Nadie conoció a alguien tan falto de futuro.
Estaba paseando esos recuerdos hasta que alguien de la mesa dijo ¡salud!, y eso le hizo regresar a la realidad. De nuevo esa mirada en la mesa del otro lado del salón, mirada de pena, de compasión. Dijo para sí “a la mierda, un par de tragos más y le hablo”.
La noche transcurría con relativa normalidad, aunque para gente como él – falto de roce social – el tiempo tiene variables diferentes, así que cuando decidió acercarse y estaba a un metro de su espalda (y su cabello) alguien dijo:
- ¿vamos mi amor?, vine a recogerte hace un rato, pero tus compañeros no dejaban que me acerque con tanto whisky ¿lista?
- Si, contesto ella y se despidió de todos, menos de él.
La vio pasar por su lado como un cisne.
Si pues, se dijo, ha llegado la hora de lavar las heridas, para eso los perros callejeros son unos maestros y comenzó a lamer.

1 comentario:

  1. Me atrae la idea esa del suicidio perpetuo. Y sabes que la encontré genialmente graficada en "Historia de Mayta", de Mario Vargas Llosa, donde se distingue a los suicidas, de los suicidarios, siendo estos últimos los que se matan de a pocos.

    ResponderEliminar